Infiernos personales

Los 43 Desaparecidos de Ayotzinapa fueron el acto desesperado de alguien que tenía miedo de algo. Las  mujeres desaparecidas y asesinadas son producto de personas que tienen desaparecida su humanidad, muerta la conciencia. Las FARC secuestraron porque tenían miedo, y a través del miedo en otros buscaban acallar el propio. Todos los individuos atormentados buscan joder a los demás, como metástasis replicándose en un cuerpo social enfermo.

Ni la peste, ni el SIDA, ni  huracán, ni terremoto alguno: el verdadero peligro para el ser humano es su propia especie. ¿Curioso no? Tenemos la capacidad de crear sociedades ideales, la inteligencia para levantar ciudades pefectas. Pero el ser humano no es ideal ni perfecto.
Los propios seres humanos se autosabotean, los unos con los otros.

El miedo, la inseguridad, la necesidad ególatra de posesión y llenado de vacíos interiores; la necesidad de pertenencia social, la carencia de identidad propia, es decir: todos los vicios de la psique humana, son como sombras flotando en el aire, que secuestran las voluntades de las mentes más débiles y susceptibles.

El violador es un inepto que no pudo convertirse en un ser integro ( y básicamente, toda mente psicópata es así, como un niño pequeño, egoísta, falto de empatía), y esa inseguridad se convierte luego en violencia; está perdido, está llorando, no tiene idea de cómo confrontarse a sí mismo; espectáculo patético que regurgita luego en alguien más.

El terrorista religioso, ese borrego sin identidad propia, por cerebro lleva las heces fecales del fundamentalismo; los pandilleros que se matan y joden la existencia por defender un pedazo de calle, una barda, una banqueta ( la vida, tan grande, tan inmensa en posibilidades, desperdiciada en los límites de la estrechés de un callejón); el ladrón (principalmente el de cuello blanco), el secuestrador, el asaltante, el estafador: profundos ciegos de su propio egoísmo, parásitos incapaces de construir sueños propios, por eso buscan opulencia facil, como un intento de reforzar la apariencia de lo que no son. Muros y palacios de papel que ocultan la fragilidad interior.

 Desde los asesinos de la élite política, hasta el matonsete de la esquina, viven todos en un infierno personal con el que difícilmente podemos empatizar. Más que nuestro odio, merecen nuestra compasión, porque no somos como ellos.

Y es que en parte todos somos culpables, por  permitir una sociedad capaz de engendrar individuos profundamente extraviados, porque ni siquiera se dan cuenta que lo están. Si supieran que ellos también son víctimas del cuerpo social.

De poco o nada vale el ojo por ojo; de qué nos sirve una cárcel o una pena de muerte, cuando tan pronto como mañana andará en las calles otro individuo igual o peor que el que está encerrado; ellos son producto de una familia disfuncional, de un ambiente machista, de la discriminación, de un entorno que nos pone un precio y nos obliga a competir, que nos valora a través de las posesiones y la superficialidad, que nos sexualiza a cada instante y banaliza nuestra individualidad.

No, de nada sirve el castigo, la cárcel, la muerte, en una sociedad que deshumaniza, que crea el infierno personal de esas personas y luego lo devuelven al mundo a través de actos deleznables.
Es un círculo vicioso y nuestro silencio prolonga la espiral de sufrimiento, no sólo de las víctimas, también del victimario. Queremos venganza, pero el simple castigo no es una solución a largo plazo.

Queremos apagar el fuego con gasolina.

Es nuestra humanidad la que apagará hasta el peor de los infiernos.

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