Los yonquies del amor ¿eres un adicto a la felicidad?

La serotonina, endorfina, o dopamina, son hormonas y neurotransmisores implicados en las sensaciones de deseo y que nos hacen repetir lo que nos proporciona placer, bienestar, calma, etc. Les llaman también “hormonas de la felicidad”.

Las hormonas de la felicidad son responsables de los mecanismos de refuerzo del cerebro, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que genera placer, como el comer, jugar, o enamorarnos.
En el enamoramiento las hormonas funcionan como mensajeros químicos del deseo sexual, y estimulan los neurotransmisores que originan este estado, el cual hace que los enamorados permanezcan horas teniendo sexo y noches enteras conversando, sin cansancio, que estén siempre excitados, que necesiten al otro como una droga y que su capacidad para juzgarla se reduzca a cero.

Entonces, en resumen, cuando sentimos que una persona nos gusta, es porque nuestro organismo se hace adicto a las sustancias químicas que se desencadenan en nosotros. Es decir, estamos técnicamente drogados.

¿Y qué es una droga? Una sustancia que introducimos del exterior a nuestro organismo, con la finalidad de provocarnos un efecto placentero; usamos drogas para sentirnos mejor o para llenar un vacío: algo que no tenemos y buscamos obtener del exterior. Somos adictos a la felicidad.

Cuando decimos “el amor es una droga” (porque lo es), estamos diciendo: esa persona desencadena sustancias químicas en mi organismo, las cuales me hacen sentir bien. Quizá sea lo que hace por nosotros, lo que nos dice, o algo que nos atraiga de él o ella. ¿Y qué pasa cuando esta persona cambia ante nosotros? Cuando deja de hacer lo que hacía antes o simplemente ya no es la novedad que solía ser y que provocaba ese “encanto”.

Pues bien, como todo drogadicto, el organismo sigue buscando esas sustancias químicas, porque no podemos ya vivir sin ellas. Por eso las rupturas amorosas se asemejan al síndrome de abstinencia que experimentan los drogadictos. Cuando la otra persona ya no nos “surte” buscamos o la engañamos con otra. Cómo una vaca a la que se le acabó la leche, o un árbol que ya no tiene fruto, pasamos y buscamos otro. Nos convertimos en “yonquies” del amor.

Algunas personas son diferentes, se quedan siempre en la etapa del “enamoramiento” pero nunca llegan a más, porque en el fondo saben que los niveles más altos de “droga de la felicidad” se encuentran en las primeras etapas de las relaciones; quedarse más tiempo significaría una disminución de la dosis, un inevitable “desencanto” que viene cuando la otra persona se vuelve real, y deja de estar idealizada. Entonces ya no saben qué hacer. Esos son los eternos solteros, los de las mil parejas y a la vez ninguna.

Pero existe otro grupo de personas aún más diferentes que la anterior. Las dopaminas y demás “hormonas de la felicidad” no son exclusivas de las relaciones románticas o el sexo. Estas sustancias son liberadas en nuestro organismo por toda actividad que nos genere placer, al hacer cosas que nos apasionan, al cumplir metas y objetivos, hacer ejercicio y muchas otras.

Es decir: muchas personas encuentran su ración de “felicidad” al estar satisfechos con ellos mismos, al tener metas, hobbies y pasiones que los llenen y mantengan en un estado de felicidad incondicional ( no dependen de un tercero). Cuando se encuentran dos personas así, es cuando se construyen las relaciones más maduras, porque en realidad ninguno de los dos depende del otro. En realidad nadie tiene por qué “hacerte feliz”, a eso se le llama codependencia. Diferente es compartir la propia felicidad y ser receptivo a la del otro: "Te amo porque mi felicidad es también la tuya”.

Mis queridos yonquies, imaginen cuanta dopamina hay ahí…

Fuentes:
Investigaciónsaludable
News-medical


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