Carmesí

Todo comenzó cuando, revolviendo entre mis cachivaches antiguos, me encontré mi vieja Play Station 2 con el disco de Silent Hill 4 adentro; al revisar las partidas guardadas encontré una de hace diez años ( ¡buf! , el tiempo es cosa bien efímera) que estaba sin terminar. Luego, más tarde al levantarme para sacar la basura encontré muerto a mi gato, tendido junto a su ventana favorita. Tenía con él más o menos lo mismo que con la Play Station. Ya era algo viejo, sí, pero podía haber vivido unos cuantos años más. Es una lástima. Quería mucho a ese gato pardo de ojos azules; me lo regaló una amiga de aquellos días, a quien ahora me es inevitable recordar compulsivamente.


A mi amiga llamémosle Carmesí. Carmesí vivía con su madre y cinco gatos, más tres cachorros de cuatro semanas; ella trabajaba como oficinista en un Call Center. Contaría con 23 años por aquél entonces, mismos que tenía sin haber experimentado encuentro cercano con miembro alguno del sexo opuesto. Al menos eso es lo que ella decía. O sea, nunca había follado ni besado a nadie, entre otras cosas que jamás había hecho, pues rara vez salía de su casa. Yo la visitaba con frecuencia, éramos vecinos, charlábamos y compartíamos ciertas aficiones.

“Tuve un novio por internet una vez, pero lo dejé porque no iba a funcionar”, me dijo en aquella ocasión, mientras yo acariciaba a uno de sus gatitos. Carmesí no era muy bella, pero tampoco fea, no era voluptuosa pero tampoco plana, no hablaba mucho pero tampoco era aburrida.  Era algo así como el término medio de todo; y bien sabemos que para llamar la atención hay que ser la versión exagerada y compulsiva de lo que sea; o muy atractiva o muy fea, o muy callada, o muy extrovertida, o muy seria o muy loca, o muy inteligente, o muy estúpida. Etcétera. Ella no era nada de eso y a la vez era de todo un poco. Carmesí representaba el equilibrio insípido que a nadie llama la atención. Su cabello negro, ojos claros, perfil afilado, dientes ligeramente disparejos, caderas angostas y piernas cortas jamás me habían inspirado siquiera a hacerme una paja. Pero ella me agradaba, es decir, me caía bien, no me esforzaba siquiera en ser sutil en su presencia porque sabía que yo también le importaba un carajo; podía decir o preguntarle cualquier guarrada que se me viniera en gana y ella me contestaba de igual o peor manera.
“Me gusta alguien”, dijo de pronto una vez, o más bien pensando en voz alta, pero yo igual le contesté.

- ¿Uno más de tus noviecillos por internet?
- Di lo que quieras, mamón, pero esta vez siento que es diferente.

- ¿A sí? ¿Y de dónde es?

- Es de Argentina, pero ahora está de intercambio en España.

- ¿Y ya le enseñaste el coñito?

- No hace falta – contestó con sorpresiva calma.

- ¿Por qué?

- Porque en dos horas llegará del aeropuerto y podré enseñárselo en persona.

- ¿Y no le tiene miedo a los murciélagos?

Esperaba que me contestara con uno de sus insultos, o por lo menos con una risa fingida. Pero se quedó callada. Estaba muy pensativa. Yo tampoco dije más, en realidad me tomó por sorpresa. ¿Un novio de verdad? Creí que se quedaría aquí para siempre, con sus gatos y regando las plantas del jardín; creí que yo podría seguir yendo a tomar café y comer los deliciosos canelones que su madre preparaba. Creí que podríamos seguir leyendo los mismos libros, jugar Silent Hill o compartir música por Bluetooth; que podría seguir contándole mis chistes malos y mis anécdotas de porquería.

A decir verdad, a mí me gustaba que ella fuera invisible para los demás, así nadie se entrometería en nuestra extraña comunión. Hasta que llegó ese argentino de cagada me di cuenta que amaba a Carmesí, pero  no se lo dije en ese momento. Qué remedio.

Al tiempo él se fue y ella se quedó embarazada ( sí que le enseñó el coño, al parecer); después él regresó y se la llevó a Argentina; antes de irse Carmesí me regaló un gatito pardo de ojos azules, el último que le quedaba, y que hoy acaba de morir.

Te amo -le solté, entre broma y broma, antes de que se marchara.

¡Eres un pendejo!

Se le nubló el rostro, se quedó muy sería; al parecer no le hizo ni una pizca de gracia. Eso fue lo último que supe de ella.


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