El mensaje de Edward Scissorhands

Edward es creado secretamente por un inventor que vivía en un gran castillo. El creador murió justo antes de colocar las dos manos a su gran obra; entonces Edward queda inconcluso, solo, alejado de todo contacto con personas y llevando por manos un par de tijeras. A pesar de esto, posee una sensibilidad y razonamiento profundamente humano e inocente ( producto quizá de la propia soledad), libre de mentiras, malicia o falsa moral. Justo lo contrario a lo que sucede con las personas del vecindario, quienes viven en un ambiente artificial, caótico en su calma y cotidianeidad (de hecho se resalta esto en la película, esa vida tan superpuesta, como sacada de la maqueta de un urbanista). Estas personas, cada cual más lunática que la anterior, nos muestran como la vida rutinaria puede convertirse en el catalizador de la peor locura posible: la simple y llana cotidianeidad, puesta como un catalizador para la neurosis. Y es ahí donde entra Edward, un “freak”, un “monstruo” con apariencia de hombre. Y es esa extrañeza lo que le hace sumamente atractivo a los demás, hasta el punto de no dejarlo tranquilo durante toda la película. Como un cordero entre lobos. Al final del día, fue Edward quien debió haber dicho: ¡cuál es el maldito problema con estas personas! ¿Acaso soy el único cuerdo aquí? Es obvio lo que Tim Burton quiso decirnos con ese contraste entre la cotidianeidad de un suburbio genérico y el castillo victoriano justo enfrente, donde la imaginación y las formas surrealistas asaltan los sentidos. Tan cerca y a la vez tan lejos. ¿Era Edward el ser “extraño” aquí? O quizá era el único ser humano en toda la película, y compartió luego esa humanidad con la bella Kim (Winona Ryder). Película de culto, mucho más que recomendada.

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