Escuchar corridos sí te hace un mal mexicano

Imagina a una familia de escasos recursos (no hace falta tener mucha imaginación para esto), generalmente con muchos hijos, que a duras penas sobreviven.


No pueden dar una vida digna a esos niños, y la infancia se les trastoca por la carencia, por el alcoholismo de los padres, por la tv basura, por la violencia que circunda en el ambiente.

De pronto escuchan a un tipo cantando y exhibiendo con pompa todo aquello a lo que creen no poder siquiera aspirar: una vida de lujos y excesos, de respeto e identidad fáciles.

Y esos niños y jóvenes de ambientes marginados generalmente no se interesan muchos por los estudios; un niño es susceptible al ambiente cultural en el que se desenvuelve, y si este hace apología a la incultura, a la violencia, entonces será difícil que no tomen esto como referencia para guiar sus vidas.

Para muchos es fácil decir que la narcocultura es inofensiva, pero hay niños y jóvenes que se encuentran desprotegidos, carecen de criterio o conciencia crítica ante los bombardeos de un entorno que hace apología a la decadencia.

Los narcocorridos están ahí para decirles: “matar es una forma de ganarse la vida, de valientes”,” la sangre fría, poseer a mujeres como objetos, es de gente que se respeta” , “ el dinero y el materialismo te harán alguien”, “ la violencia es tu único medio de hacerte valer” .

Los narcocultura cumple la función de lavar el cerebro a aquellos con un espectro cultural tan impresionantemente angosto que les hace imposible cuestionarse nada y ver más allá de su contexto.

Al sentirse incapaces de encontrar su propia identidad, al no tener voz en una sociedad que premia el materialismo, entonces adoptan el crimen organizado, y sustituyen esa voz que nunca pudieron mostrar al mundo por el fuego de sus rifles de asalto.

No les verás apreciando una obra de arte, leyendo una novela, escuchando una balada o preguntándose cómo funcionan las cosas; es difícil que puedan gozar de esa sensibilidad que sólo la educación y la cultura pueden otorgar. Todo es un estado exacerbado: drogas, dinero,  poder sobre otras personas,  ostentación, bravuconería,  satisfacción de caprichos; vamos, lo mismo que la clase política ( ambos son hijos del mismo tumor social). Tristeza de existencia, pseudovida.

La violencia se convierte en algo normal. Desaparece el sentido común, al igual que alguien hipnotizado.
Al igual que el Estado Islámico esclaviza mentalmente a sus seguidores, mediante la retórica del odio y la identidad religiosa, en el crimen también se aprovecha la debilidad mental de los niños y jóvenes desprotegidos. Igual que los terroristas de Oriente, cogen a aquellos desesperados por identidad.

Para unos la identidad religiosa, para otros la material. Unos buscan paraísos en el cielo, otros lo quieren en la Tierra, y lo quieren ya. Pero ambos grupos son terroristas. En México el sicariato es más que simple crimen. Es un mecanismo de miedo constante, de tensión en la población, de desestabilidad.

Tanto el terrorismo religioso como la violencia del narcotráfico generan exactamente lo mismo en la sociedad: mayor fascismo y represión, más poder para los estados militares y espionaje con fines de “seguridad”. La violencia provoca un aumento en los métodos de control y represión por parte de los gobiernos hacia los civiles.
Pero para reducir el crimen indudablemente se deben generar mejores empleos; para crear mejores empleos es necesario reinventar el sistema educativo, lo cual no se logrará si no cambia la raíz del sistema económico, y este último depende íntimamente del sistema político. Y el sistema político está controlado por los propios criminales. Ahí el círculo.

La narco cultura no hace sino legitimar un estilo de vida inaceptable. Escuchar corridos no te hace narco ni asesino, en absoluto. Pero esto no aplica para quienes crecen en un contexto de enfermedad social, donde la decadencia y el narcotráfico les otorga esa validación del “sí mismo” que tú quizá obtuviste a través de una familia con buenos valores, una carrera universitaria o un empleo honrado.

Consumir cultura de la violencia es reafirmarla y mantenerla en el espectro mental colectivo.  


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