Morir también es una fiesta

Nacer es una fiesta, y de cierta forma, morir también; cada cual se festeja a su manera

Representan ambos extremos de una misma existencia. Florecer y regresar a la tierra.

Pero hay algunas diferencias insalvables, claro está. Exaltamos el nacimiento como el milagro, la bonanza, mientras relegamos a un rincón oscuro, a donde no queremos voltear a ver, los haceres de la muerte.

Pero en sí, el actuar de la vida es azaroso y nacer se presenta como un destino cruel para unos y próspero para otros.

Uno puede nacer tanto en la paz y la salud,  así como en la guerra y la enfermedad. La muerte, sin embargo, supone el fin de toda guerra y toda enfermedad. Es absolutamente ecuánime.

¿Que si temo a la muerte?

Admito que me impresiona, me aterra. Pero no en el sentido de algo terrible y maligno, más bien me abruma, como abruman todas las cosas importantes de la vida.

Me aterra la muerte, de la misma manera que estaría aterrado si fuera a enamorarme por primera vez.

También el nacimiento provoca ese efecto, conocer a alguien que formará parte de ti, para bien o para mal, por el resto de tus días. La primera vez de algo que permanecerá contigo por el resto de tus días.
 ¿Cómo no sentirse aterrado? Es una ansiedad tan inconmensurable que termina más pareciéndose al miedo.

Pero no lo es.

Y así, la muerte no me espanta, tan sólo me sobrecoge la idea de encontrarme con ella. Y ese encuentro, por lo que la vida me ha enseñado, sólo sucede con las cosas que verdaderamente valen la pena.



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